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Sobre la calidad del discurso público

07/07/2017

Marchando en Colombia

Foto: Marco Suarez


Quiero reflexionar sobre un asunto de la dimensión política del desarrollo: la calidad de nuestra discusión pública y, por tanto, de la salud de nuestra esfera pública. Para mí, en la actualidad, la esfera pública está enferma. Y esto lleva a efectos perjudiciales tanto para el bienestar como para el proceso de desarrollo en sí mismo.


Reconozco que puede haber temas que pueden parecer más trascendentales cuando uno aborda el campo de estudio del desarrollo. Entre algunos, la dificultad de consolidar el papel del hombre como protector y no usurpador de los ecosistemas; los abismales desequilibros en la distribución de los beneficios de la producción; la imposibilidad de reacomodamiento laboral de grandes capas de la población frente a los desplazamientos y pérdidas de puestos de trabajo por las nuevas tecnologías; los retrocesos en cuanto a igualdad de género y respeto de derecho de las minorías; la radicalización política y religiosa; los problemas de la aglomeración urbana;  en fin, un sin número de cuestiones que siempre hará relevante que haya profesionales dispuestos a abordar un campo de estudio tan complejo como el desarrollo, desde sus distintas dimensiones.  


Sin embargo, la precariedad de la discusión pública me inquieta aún más por una sencilla razón, y es que se ha convertido en un serio limitante para lograr solucionar los ya mencionados problemas y otros innumerables retos que nos plantea el desarrollo, al obstaculizar la configuración de una acción colectiva y la conformación de los órdenes institucionales requeridos para orientar a las sociedades en los procesos de mejora.


La discusión pública es de las herramientas más poderosas que tiene una sociedad para lograr su bienestar. Con ella nos encontramos e identificamos como comunes, reconocemos nuestros problemas, pero también construimos identidades, imaginarios e interpretaciones colectivas, al igual que propósitos en común.


Gracias a la vigorosidad de la esfera pública, de las discusiones que como ciudadanos podemos dar en ella, el poder tiene que responder por sus decisiones, las cuales, en la calidez de la deliberación y la crítica, son encaminadas a responder por el bien común y no por el particular de unos pocos. Cuando es fuerte, la discusión pública es lo que nos separa de los escenarios de autoritarismo y, más aún, de oscurantismo. Para Sen, la deliberación pública es vital para encontrar, como sociedad, esa idea de bienestar, porque gracias a ella, podemos encontrarnos en el otro, en sus necesidades y así definir mucho mejor los escenarios de injusticia de los cuales nos queremos alejar.


Ahora bien, ¿por qué siendo tan importante para una sociedad y su desarrollo, la discusión pública agoniza? Efectivamente no es por su cantidad, la cual ha aumentado considerablemente gracias a las redes sociales y a las nuevas tecnologías. Más bien, es por su calidad, afectada principalmente por dos fenómenos: su vaciamiento y su atomización.


Cuando hago referencia a su vaciamiento, hago mención a que a pesar de que hay múltiples temas en diálogo, la atención real y efectiva pareciere estar en uno solo, asociado a la obtención de riqueza. Es ahí donde recojo una de las preocupaciones de Arendt acerca de cómo las ganancias y la necesidad de acelerar los procesos de acumulación de capital han desplazado a casi cualquier otra preocupación en las discusiones públicas.


Casi que todos los temas de política tienen que pasar por ahí, desde las decisiones de producción y dignidad del trabajo, hasta las de conservación ambiental y cultural. En fin, a lo ha llevado esto es a una utilitarización  del bien común que limita la capacidad de emplear otros valores para definir bienestar: La ciudad se tiene que ver bonita para que haya inversión, para que haya más turistas, no por la calidad de vida de quienes en ellas habitamos. Debemos dar protección social, educación y salud para así tener trabajadores más productivos, no por el efecto en la dignidad humana; debemos preservar nuestros recursos, para poderlos utilizar luego. En fin, un vaciamiento que lleva al empobrecimiento de la calidad en la discusión, al no permitirnos otras aproximaciones valorativas distintas al beneficio que en términos de proceso de acumulación pueda traer el proceso de desarrollo.


Este vaciamiento efectivo ha producido un impacto inesperado. Al dejar de lado otras consideraciones relevantes para el bienestar por fuera de la discusión efectiva, se ha originado una fragmentación de la esfera pública, la cual se ha micro especializado en múltiples temas que son discutidos en escenarios cerrados, que no se comunican entre sí y que se caracterizan por abordar temas muy particulares, que así, de forma separada, no permiten la configuración de lógicas colectivas de bienestar. Entonces nos encontramos ante un boom de intereses y reivindicaciones particulares, discusiones y temáticas que nos limitan la comprensión como un todo dentro de un orden social: la protección de las minorías, la reivindicación de la familia, los derechos de la comunidad LGTBI, la discusión de género, los derechos de los animales, la protección de los ecosistemas, los derechos de los trabajadores de tal sector productivo, los jóvenes, los adultos mayores y así, cada uno reclamando su espacio dentro de la atención estatal. 


Y aclaro de una vez. No es que considere que estas discusiones no sean valiosas o representen intereses legítimos de la sociedad, lo que quiero dar a entender es que esta hiper fragmentación de la deliberación debilita la función de la discusión pública que es la construcción colectiva de identidad social y de propósitos de bienestar, basados ambos, en un consenso amplio de lo que consideramos es justo.


La congestión de microtemas nos ha alejado de las discusiones relevantes acerca de los arreglos institucionales, las estructuras de justicia y resolución de conflictos, los objetivos colectivos del bienestar y la producción, de nuestra misma identidad humana y nuestra responsabilidad con el planeta; a la vez que ha permitido a los gobiernos desentenderse de liderar los reales procesos de transformación que implica el desarrollo, dejándolos en la cómoda posición de tratar de dar a todos lo que quieren y cuando no, de ignorar el asunto.


Tanto el vaciamiento como la fragmentación llevan a que el único interés de la discusión sea imponer nuestros puntos de vista, no construir uno colectivo. No de otra forma se puede entender que no hayamos podido llegar a consensos en cosas tan básicas y simples como lo puede ser una corrida de toros. Y me disculparán, pero frente a la magnitud de los problemas y retos del desarrollo, este es un tema menor, y el desgaste social y profunda división que ha ocasionado, a mi consideración, es un muy buen ejemplo de los impactos negativos que el debilitamiento de la esfera pública ha traído. Y si es así para temas menores, los resultados son mucho más desalentadores en asuntos más trascendentales como el fin del conflicto y la paz.


Entonces, estamos ante una esfera pública que promueve los intentos de imposición de puntos de vista y anula los incentivos para los consensos y las construcciones colectivas. Una sociedad no se valora por la ausencia de conflictos, sino por su capacidad de manejarlos y de ellos construir puntos de partida común. Ya, hasta tenemos severas dificultades para poder definir qué nos hace humanos, qué nos hace iguales.


Esto tiene sus consecuencias. No solo nos limita la acción colectiva, sino que afecta la calidad de la democracia. Las personas eligen por atajos cognitivos triviales. Escuché a un latino que había votado por Trump porque él era un defensor del pueblo histórico de Israel. Para no ir más lejos, la ola verde se desvaneció por el rumor de que el candidato era ateo. En ambos casos no importaron los conocimientos en comercio exterior o las estrategias de desarrollo presentadas, su capacidad de solventar retos de inestabilidad macro o la comprensión que tuviese de los problemas nacionales. Entonces, ¿qué importó?, ¿en qué están basando sus decisiones de elección los ciudadanos?


Y en este escenario de precariedad de la esfera pública, hay ganadores. Los que viven de la división, de las falacias, entre ellas, los falsos dilemas, que ponen a la sociedad en tonos blancos y negros, irreconciliables. El odio y la mentira encuentran en esta esfera pública debilitada su mejor lugar de reproducción. Y cuando eso ocurre, la sociedad pierde y pierde bastante. 


La democracia no es para la disputa del poder desde la diferencia, es para que, desde la diferencia podamos construir un proyecto juntos, en común sobre lo esencial y primordial de nuestro orden social y el objetivo de este en términos de bienestar. Es hora de empezar a escuchar con respeto al otro.


Necesitamos revitalizar la discusión pública, elevarle la calidad. Y en esto tenemos que ser radícales, si realmente creemos en la democracia y en la posibilidad de una sociedad pluralista.  El odio y la mentira tienen que ser expulsados de nuestros diálogos colectivos y dar paso a la argumentación en búsqueda de consenso. Esto implica, rechazar a cualquier político, líder social o de opinión que fundamente su discurso en mentiras, falacias; en el miedo o en odio al diferente. Debemos entrar con otra actitud, que vaya más allá de la imposición, y que sea la del consenso y la construcción colectiva. Las diferencias deben mantenerse y respetarse, ese es el punto de partida, no el de llegada.

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