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La Corrupción se Extiende y Mata

03/09/2017


La corrupción va más allá del soborno a un funcionario público. Ella envuelve actividades públicas y privadas; redes locales, nacionales y globales; violencia e irrespeto a los derechos humanos fundamentales. No es solamente apropiación de recursos financieros; es el abuso de cualquier clase de poder. De hecho, ella abarca desde la gran corrupción que contamina los más altos niveles de gobierno, hasta los sobornos menores a un oficial de policía, la malversación de fondos, la extorsión, el nepotismo y muchas otras  (Langseth y Gorta, citados por Fletcher y Herrmannn, 2012).

Ahora bien, pese a lo que comúnmente se piensa, "…no […] hay una clara correlación entre el nivel de desarrollo económico y la incidencia de la corrupción. Los escándalos en los Estados Unidos, en muchos países de la Unión Europea, Japón y Corea del Sur", por ejemplo, así como en entidades privadas como la FIFA, "…han demolido la noción de que la corrupción es primariamente una enfermedad del mundo en desarrollo" (Heimann citado por Fletcher y Herrmannn, 2012, p. 37). Más aún la extensión y profundización de la globalización aumentan la posibilidad de que los tentáculos de la corrupción asentados en una parte del mundo penetren otros ámbitos de la economía mundial. El caso de Oderbrecht es hoy muestra irrefutable de esa realidad. Y, con frecuencia, el detonante de la corrupción está en países económicamente avanzados pero explota en el llamado tercer mundo.

En un libro reciente, "Thieves of State" (2014), Sarah Chayes demuestra el carácter global de la corrupción. La corrupción en el mundo de la política, los negocios internacionales, las finanzas globales, la ayuda internacional, la salud, por ejemplo, está golpeando las bases de la sociedad mundial contemporánea. En palabras del Director de Transparencia Internacional, citado por Chayes, "…la corrupción no solo golpea a la gente ordinaria sino que plantea una aguda amenaza a la estabilidad y a la seguridad de los países".

La corrupción está destruyendo la vida de millones de personas. Ella desvía hacia el bolsillo de los líderes corruptos y sus cómplices millones y millones de recursos financieros que podrían aplicarse a resolver el hambre que afecta a cerca de mil quinientos millones de habitantes en el mundo y a brindarles oportunidades para realizarse como seres humanos. De acuerdo con el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, "La corrupción mata. El dinero robado por actos corruptos cada año bastaría para superar 80 veces el hambre del mundo".

En Colombia, la Asobancaria (Semana Económica, abril 17 de 2017), basada en datos del FMI, la Procuraduría y la Contraloría General de la República y acogiendo cifras de esta última, señala que el costo de la corrupción es del orden de 50 billones de pesos anuales, un 5,8% del PIB. Con esto no solo se superaría ampliamente cada año la pobreza extrema –y las muertes asociadas con ella-, sino que podría financiarse en un año, por ejemplo, la construcción de algo más de dos metros equivalentes al de Bogotá, o disponer hasta siete veces del recaudo esperado de la reforma tributaria de 2016.

Lo expuesto apenas reitera que la corrupción es un cáncer que debe extirparse de raíz. Pero para ello no bastan los controles. Es necesario reconstruir, desde la familia, las bases culturales a fin de que un acto corrupto genere un rechazo casi instintivo. Pero esto implica, entre otras cosas, superar los criterios utilitaristas e individualistas que impulsan la dinámica de la sociedad contemporánea.