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Intervención en la inauguración de la exposición del Cider con motivo de los 70 años de Uniandes

07/11/2018

 


Hacia finales de 1948, hace setenta años, se fundó la Universidad de los Andes. El tiempo ha corrido, Colombia ha cambiado, el mundo se ha transformado y también lo ha hecho la universidad, pero, pese a ello, se mantienen incólumes varios enunciados que solo podrían desmoronarse si esta universidad dejara de ser la Universidad de los Andes. El primero de ellos fue expresado por sus fundadores en la Declaración de Principios del Acta de Fundación de la Universidad:

 

"Quienes solo hacen por sus semejantes aquello a lo que la ley los obliga, no están cumpliendo a cabalidad sus deberes, ni son buenos ciudadanos…".

 

Esta idea, que entraña un profundo sentido de la responsabilidad social, es reiterada y explicada por diversos voceros de la universidad a lo largo del tiempo. Es así como, por ejemplo, según el ex rector Francisco Pizano de Brigard,

 

"No existe un problema más urgente y más central para nosotros que reconstruir un propósito moral común y una visión compartida de lo que podríamos llamar la dignidad y la excelencia humanas, una voluntad de construir un espacio vital con los demás". (Francisco Pizano de Brigard)

 

La Universidad de los Andes no es, en consecuencia –ni ha pretendido serlo- un centro que busque la transmisión del conocimiento per se. Conocimiento sí, pero conocimiento para algo: conocimiento para la dignidad y la excelencia humanas. Guiada por estos principios ha navegado la universidad a lo largo de estos difíciles setenta años, cruzando por momentos en los que pareciera que las aguas del utilitarismo y el individualismo desaforados quisieran sumergir tales principios. No lo han logrado, gracias a que la institución, como un todo: directivos, académicos, administrativos y estudiantes ha logrado superar las amenazas y mantener, el rumbo, no sin tropiezos como es inherente a toda institución humana.

 

Gran parte de las transformaciones vividas en el mundo y en Colombia en estos setenta años se ajustan claramente a lo que se ha llamado "desarrollo". La pertinencia de este concepto, que en su acepción contemporánea nació prácticamente al mismo tiempo que la universidad, ha sido altamente cuestionada, principalmente durante las últimas décadas. Tanto el hecho de haberse originado en los valores de una cultura que no pueden ser extendidos al conjunto de la sociedad mundial, como los resultados contradictorios de su aplicación en la práctica política, han llevado a muchos a negar su valor. No obstante, es innegable que la noción de desarrollo ha estado presente a lo largo de los cambios, muchos de ellos positivos, vividos en el mundo y en Colombia durante estas siete décadas y que ella se refleja en el nombre mismo del Cider, Centro Interdisciplinario de Estudios sobre Desarrollo.

 

Por lo demás, cabe constatar que la expresión formal de los propósitos de los diversos gobiernos colombianos desde los años cincuenta, con una sola excepción, han quedado consignados en los llamados "planes nacionales de desarrollo", instrumentos estos que reflejan con cierta fidelidad la evolución en la manera de concebir los procesos de transformación de la sociedad colombiana por quienes han ejercido el poder a lo largo de estos años. Esto justifica el que tales planes hayan sido considerados como guía para la lectura de los cambios acaecidos en la concepción y en la aplicación de las políticas de los distintos gobiernos nacionales. 



La exposición que se presenta, tiene como propósito recoger, por orden cronológico de décadas y sin ninguna pretensión de exhaustividad, algunos acontecimientos y procesos políticos y económicos ocurridos en el mundo y el país en estos setenta años, así como algunos aspectos de la vida de la universidad en este período y, sobre todo, del Cider desde su fundación en 1978, o sea, hace cuarenta años. En la mayor parte de los trípodes ubicados en este espacio, una cara se refiere a sucesos o ideas que han contribuido a marcar el rumbo de los acontecimientos mundiales. Una segunda cara presenta las ideas centrales de los planes de desarrollo de cada uno de los gobiernos colombianos de la década respectiva, en tanto que la tercera se concentra en los procesos vividos en el Cider durante los cuarenta años de su existencia.  

 

En las leyendas de cada una de las caras de estos trípodes se ha procurado evitar los juicios de valor para que sea el lector quien califique los hechos con base en sus conocimientos, ideas y experiencias previas, o a la luz de los conceptos y criterios que ha venido adquiriendo durante sus estudios en la universidad. Solo ocasionalmente y principalmente en el trípode conclusivo, se añade algún comentario que pone de manifiesto la opinión de quienes prepararon los textos respectivos.

 

En estos setenta años, el mundo ha pasado de las angustias de la segunda postguerra mundial y la espectacular recuperación de gran parte de Europa, a su división en dos bloques antagónicos: el capitalismo y el comunismo, en lucha por la supremacía ideológica, económica y política que en ocasiones lo llevaron al borde de un nuevo conflicto, aún más catastrófico que los que lo habían precedido, dado el carácter cada vez más mortífero de los armamentos utilizados.

 

Ahora bien, mientras se desmoronaba la práctica del comunismo soviético, que habría de culminar con la caída del muro de Berlín en 1989, en los países occidentales se imponía progresivamente un nuevo paradigma económico y político: el neoliberalismo, en el que el mercado recuperaba su carácter de árbitro supremo de las decisiones económicas. Pese a la crisis de 2008, el triunfo del capitalismo se ha venido consolidando con la conquista paulatina y silenciosa de la nueva potencia, China, que contiene la quinta parte de la población mundial. No obstante, a diferencia de lo que pronosticaron autores como Fukuyama, el triunfo del capitalismo en esta última batalla, no ha reducido el fragor de los conflictos armados, que adquieren formas diversas, en particular nuevas expresiones del terrorismo como lo mostró el atentado contra las torres gemelas de Nueva York el 11 de septiembre de 2001.

 

Conflictos armados, pequeños en magnitud dentro de la escala global, pero destructivos de bienes materiales, vínculos sociales y futuros para quienes los sufren, siguen pululando por el mundo, mientras el egoísmo de unos pocos habitantes que controlan los hilos del poder, no necesariamente desde los gobiernos, sigue manteniendo en la miseria a casi la quinta parte de la población. Esto no impide que la proporción de personas con hambre haya venido reduciéndose en el mundo, que las comodidades materiales hayan venido extendiéndose y que el surgimiento de una red mundial de enlaces de toda índole a través de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación haya cambiado la fisonomía del planeta, ofreciendo oportunidades aún insospechadas para el futuro.



Pero las amenazas a la supervivencia de la especie humana han comenzado a crecer a un ritmo exponencial como consecuencia de lo que Ulrich Beck ha denominado la globalización del riesgo: no solo el cambio climático, negado por la miopía, el egoísmo y la ambición desaforada de algunos, sino, la carrera armamentista de la que se ufanan líderes que hacen gala de su estulticia, la acumulación de desechos tóxicos que tiende a asfixiar a la naturaleza y los avances de la biotecnología que pueden conducir –y no se trata de ciencia ficción- a desenlaces insospechados para la especie humana.

 

De hecho, durante la última década las tensiones han venido aumentando rápidamente por factores como violencia exacerbada, extrema desigualdad, renacimiento y expansión de nacionalismos extremos, xenofobia y rechazo a cualquier tipo de solidaridad, fortalecimiento del terrorismo y cuestionamiento a procesos de integración que se suponía habrían de brindar un nuevo norte a las relaciones entre los pueblos. Son todos estos, temas que convocan a la investigación, al análisis y a una posición propositiva de la universidad. 


En medio de todos estos agitados procesos durante los setenta años de la Universidad de los Andes, Colombia ha tenido profundas transformaciones que en gran parte se reflejan en los enunciados de sus planes de desarrollo. He aquí algunas:

  • Se fortaleció el reconocimiento de los derechos humanos, incluyendo la igualdad de género.
  • De una sociedad cerrada se pasó a una sociedad en proceso de integración con el mundo.
  • De un país rural se pasó a un país urbano.
  • De país agrícola se pasó a una economía basada en servicios.
  • El ingreso per cápita se multiplicó por más de seis.
  • Las coberturas de los servicios públicos y sociales se elevaron verticalmente.
  • Cayeron los índices de mortalidad y morbilidad; se atravesaron transiciones demográficas.
  • La infraestructura vial y la revolución de las comunicaciones favorecieron la integración de un país territorialmente desintegrado.
  • De un centralismo rígido se pasó a un proceso de descentralización hacia municipios y departamentos.

En general, la mayor parte de estos cambios han sido positivamente apreciados, pero subsisten una aguda inequidad social, una violencia incontrolada y profundos niveles de corrupción cuya superación compromete el futuro de Colombia y desafía nuestra responsabilidad, la responsabilidad de la Universidad y la responsabilidad del Cider Debemos reflexionar sobre ellos y contribuir a hacerles frente.

 

Colombia atraviesa un momento crucial de su historia y no puede –no podemos- desaprovechar la oportunidad de superar odios y enfrentamientos que por décadas han frustrado las expectativas de la inmensa mayoría de sus habitantes y de reemprender el camino hacia una sociedad en la que el perdón y la reconciliación hagan posible una nueva convivencia. A esta prioridad, que hace parte de las líneas de investigación del Cider, cabe sumar las decisiones sobre un gran número de temas de enorme importancia estratégica, que, se espera, sean abordados de manera ilustrada y responsable por el nuevo plan de desarrollo.

 

Desde el inicio de las actividades del Cider han transcurrido diez períodos presidenciales y se han dado cambios relevantes en las políticas nacionales y regionales. Surgido como resultado de un proceso pausado y progresivo, el Cider ha jugado papel destacado en algunos de estos procesos, ajustado siempre a los principios rectores de la Universidad.

Concebido como un centro en el que diversas disciplinas eran convocadas a contribuir al diagnóstico y a la orientación de los procesos de desarrollo regional, el centro fue pionero en la introducción del pensamiento multi e interdisciplinario en la universidad. Académicamente, el Cider inició actividades formales con la Especialización en Planificación del Desarrollo Regional (1979), a la que se sumó cinco años después la maestría en Planificación y Administración del Desarrollo Regional y, en 1998, la Especialización en Gobierno y Políticas Públicas.

 

Esta vocación dirigida hacia un estudio cada vez más comprensivo de las dimensiones del desarrollo, condujo al Cider a ampliar su campo de acción. Es entonces cuando, conservando la importancia de la región como unidad de análisis, se ponen en primer plano los estudios sobre desarrollo desde una perspectiva nacional inserta en los procesos globales, lo que lleva en 2007 a convertir en Maestría en Estudios Interdisciplinarios sobre Desarrollo, el Magister en Planificación y Administración del Desarrollo Regional.

 

Desde entonces el Cider ha seguido enriqueciendo sus reflexiones y sus ofertas académicas: se abren dos nuevas maestrías y un doctorado y se logran tanto el reconocimiento de Colciencias como grupo de investigación de primer nivel, como la acreditación internacional de la Maestría en Estudios Interdisciplinarios sobre Desarrollo.

 

Hacia el futuro, el Cider busca, por una parte, ampliar los debates sobre el desarrollo, para explorar alternativas que contribuyan a la construcción colectiva de país, de paz y de sostenibilidad y, por otra, fortalecer su presencia en las regiones para actuar, mediante alianzas con otros centros académicos del país y del exterior, los gobiernos departamentales y locales y las comunidades, en la concepción, diseño e implementación de políticas de desarrollo. Adicionalmente, espera convertirse en centro de referencia para estudios sobre el desarrollo, que más allá del ámbito nacional, trascienda a la esfera global.

 

Esto dentro de una lógica de responsabilidad social que responda al discurso que en los veinte años de la universidad pronunciara el entonces rector Francisco Pizano de Brigard: "La Universidad de los Andes no se fundó para servir los intereses de un grupo social, de una teoría económica, de una región o de un partido; no se fundó para representar un interés parcial sino un propósito común [el de] construir… no una nueva universidad, sino un nuevo país". Esta es la orientación llamada a guiar la estrategia del Cider hacia el futuro.