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Disensos, consensos y desarrollo

08/04/2019


Hemos llegado al punto donde al parecer, nuevamente, las sociedades no nos ponemos de acuerdo en nada. No solo es Colombia, donde unos Ferragamo embarrados se convierten en un motivo de disputa nacional. Parece un asunto generalizado, donde no se logra consensos en asuntos tan relevantes como el cambio climático y las confrontaciones llegan hasta el escenario de la necedad colectiva más inverosímil, como es el caso del Brexit en Inglaterra.

 

Para cualquier acción colectiva el tener un objetivo común es fundamental, más aún lo es para la consolidación de un orden social. Mucho mejor si este viene acompañado de visiones compartidas que ayuden a facilitar el diálogo, a ahondar el compromiso entre los participantes y motiven la generación de confianza. Las sociedades que logran esto han mostrado históricamente importantes avances en términos de bienestar general.

 

Sin embargo, a pesar de lo obvio de esta premisa, lo cierto es que parece cada vez más difícil llegar a consensos básicos que permitan trazar trayectorias de desarrollo o al menos de justicia elemental. Así, la lista de fracasos colectivos se incrementa al igual que la desesperanza producto de la impotencia ciudadana.

 

Se ha llegado a este escenario como resultado de la consolidación del egoísmo colectivo como motor del orden social, propiciada por el modelo neoliberal. Los valores que promueve, la oda al consumismo y la aceleración del proceso de acumulación han llevado a una incertidumbre sobre los objetivos comunes, obligándonos a buscar refugio en metas de corto plazo y en perseguir solo el interés personal. Así, cualquier propósito de largo aliento o la planeación pierden sentido, mucho más la cooperación para alcanzarlos.

 

Quedamos entonces en un escenario donde las particularidades empiezan a ordenar hasta el cuadro de la movilización social. Las identidades se configuran alrededor de las diferencias y no alrededor de los rasgos comunes. Poco a poco aumenta la incapacidad de reconocer al otro como igual, al tiempo que le exijo con más fuerza al estado que priorice mis intereses.

 

Los gobiernos entienden esto y, para disminuir los costos de los acuerdos colectivos, empiezan a fragmentar los servicios sociales y los espacios de interacción con el estado (algo que en Colombia cae muy bien a las dinámicas clientelares).


 

Es en este contexto donde el Plan Nacional de Desarrollo es titulado "un pacto para construir el país que todos queremos". Una ventana de oportunidad perfecta para volver al diálogo sobre lo fundamental que facilite ante todo la reconciliación y la posibilidad de volver a confiar en el otro. Sin embargo, la forma como se ha venido discutiendo en el congreso no parece dar un buen augurio de que esto sea posible; por el contrario, parece reforzar la idea de que vamos a seguir la senda del estancamiento colectivo.

 

Y a pesar de que existieron ejercicios interesantes de participación, el actual PND refuerza la idea de que este tipo de instrumentos se configuran ya no como la ruta de acción de un país, sino como el listado de regalos donde "todos se sientan incluidos". El resultado, una sociedad sin identidad ni propósito colectivo.

 

Y dada esa inacción colectiva a la que lleva el disenso es que se hace perentorio retomar en las agendas de reflexión política y de investigación los temas de mecanismos para la generación de confianza y consenso social. Mucho más en una sociedad como la colombiana que en gran parte quiere dejar la historia de violencia atrás e iniciar procesos estables de construcción de bienestar.

 

Como dio a entender Barack Obama, dividir da votos, pero no gobernabilidad. Mucho menos permite construir país. Hay que reconocer que para el desarrollo se requiere de un orden social estable, basado en la confianza y la cooperación; robusto institucionalmente y con metas que nos convoquen, en procura de la disminución de las injusticias y la construcción de un espacio para todos.​