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Lo de “más democracia” es en serio: retos de la ampliación democrática en las políticas públicas

08/10/2019


Hablar de amplitud democrática se volvió parte rutinaria en el discurso político en el país. Ven como ganancia garantizar en campaña espacios de participación, consulta y control ciudadano. Algunos hasta se han atrevido a insinuar escenarios de orden superior a la democracia liberal como el resonado "estado de opinión". Pero ofrecer más democracia implica, ineludiblemente, que las personas (no todas) van a estar esperando que les cumplan la promesa, para así participar más y con mayor incidencia en las decisiones que afectan sus vidas y la de sus conciudadanos.

La sociedad civil, después de un largo periodo de silenciamiento violento, viene buscando nuevamente constituirse en actor protagónico. Más aún con el entusiasmo propiciado por el Acuerdo Final de Paz, en donde, precisamente, uno de los puntos es la apertura democrática a través de mayor participación ciudadana. Se avanza de un escenario de inercia e irresponsabilidad política de los ciudadanos, que se activaban solo en elecciones, a uno donde quieren incidir en las decisiones de gobierno. Lo que obviamente resulta incómodo en un estado tradicionalmente cooptado por pocos intereses.

Y dado que, como lo plantea Pierson, son las políticas públicas donde están la mayoría de las decisiones políticas que inciden directamente en formar la vida de los ciudadanos en las sociedades modernas, es ahí donde más se ha despertado el interés de cobrar la promesa de mayor participación. Esto implica nuevas formas del quehacer de las políticas que entiendan el rol protagónico que amplios sectores de la ciudadanía quieren y que llevan a nuevas reglas, expectativas, compresiones y rutinas de su relación con el gobierno.

Pero estas transformaciones implican retos importantes que van más allá de los discursos de buenas voluntades y pasan, más bien, por cambios profundos de la relación sociedad-estado. Desde varios espacios en lo que he podido participar como sociedad civil, como vecino, como asesor y académico, he evidenciado diversos retos que hay para generar esas transformaciones que garanticen nuevas dinámicas de interacción entre gobernados y gobernantes. Si bien hay esfuerzos muy interesantes en marcha de nuevas formas y escenarios de participación, la falta de una real voluntad política de muchos de los que prometen apertura democrática dificultan el ajuste. Escenarios más críticos, como aquellos donde con estas promesas aprovechan para realizar prácticas populistas, son riesgos más que retos que actualmente enfrenta la democracia y que deben ser objeto de otra profunda reflexión.

Aunque estoy seguro de que se quedan varios afuera, concentro los retos en tres dimensiones centrales: la disminución de la incertidumbre del ciudadano y las asimetrías de la información entre participantes; el fortalecimiento de la sociedad civil y de nuevas prácticas del liderazgo social y una mayor preparación de la tecnocracia en prácticas de construcción conjunta.




Desde la actual formulación del nuevo POT en Bogotá, hasta escenarios más específicos como las consultas previas para proyectos de infraestructura han evidenciado que por la complejidad de los temas, el tipo de lenguajes técnicos y las marañas normativas que se cruzan, los espacios de participación son un foco de interacción asimétrica donde la incertidumbre está sobre todo cargada hacia los ciudadanos. Es un tema que no se resuelve con cartillas, que pretenden llevar al "lenguaje del ciudadano" temas complejos y que para mí solo evidencian una concepción de menor de edad que algunos funcionarios tienen acerca de las personas.

Todo lo contrario, se requiere contar con una ciudanía instruida, con recursos y capacitada para dar un diálogo entre iguales. ¿Les suena extraño? No. Así actúan los gremios y en parte por eso su participación efectiva que en muchos casos ha llevado a escenarios de cooptación. De hecho, lo que se está observando es que la ciudadanía lo está empezando a hacer de forma autodidacta, pero, sin embargo, requieren de un mejor acompañamiento dado que es un esfuerzo cuesta arriba.

Claro está que una comunicación más clara puede también ayudar. Planes de desarrollo con infinidad de artículos y capítulos, POT con interminables anexos y otros tipos de documentos que debería estar facilitando la comprensión de qué pretende hacer el gobierno, realmente son más obstáculo que aclaradores en los procesos de participación. Ahí, la innovación pública tiene una tarea importante.

Lo anterior se entrelaza fuertemente con el segundo reto, el de contar con una sociedad civil más robusta, con liderazgos capaces y alejados de las lógicas clientelares; reales traductores y transmisores de sus comunidades. En los nuevos escenarios de gobernanza el gobierno requiere de una contraparte que sea realmente agente de su desarrollo. Unas nuevas dinámicas de articulación sociedad-estado, por tanto, implican también nuevas formas de ejercer liderazgos, que sean capaces de promover consensos, más que atizar conflictos, que comprendan los alcances y limitaciones del accionar del gobierno y la necesidad de construcción conjunta.

El aprecio con el que se observa al movimiento social no puede llevar a negar que desde la sociedad civil hay también mucho por hacer para transformar prácticas que han sido producto de la institucionalización de un patrón de interacción conflictivo. Casos como el movimiento de transportadores, algunos liderazgos de desplazados y de minorías, que terminan en experiencias corruptas, muestran que ahí hay una tarea amplia por hacer.

Por último, ha sido también evidente la falta de preparación que muchos funcionarios tienen para enfrentar escenarios de participación para la formación de política pública. Para empezar, se necesita reconocer que escuchar o que lo escuchen no implica construcción conjunta. Reitero, aunque se evidencian avances interesantes, es claro que la mayoría no se ha enfrentado a procesos de construcción colectiva y no tienen ni los instrumentos ni las habilidades para ello. Ahí las universidades podemos jugar un rol fundamental en habilitar más escenarios que propendan por la formación de estas habilidades en nuestros egresados.

Pero también, nuevas tendencias del quehacer público, como el empleo del big data, pueden ser contrarias a esta necesidad de construcción conjunta. Se debe evitar los escenarios de gobierno donde al empresario se le escucha en un almuerzo y al pobre a través de los datos. Si bien estas nuevas herramientas pueden ser muy útiles en las tomas de decisiones, mal empleadas pueden generar novedosas formas de exclusión.

Realmente, lo que hay son retos para lograr la tan anhelada apertura democrática durante la formación de las políticas públicas. Estoy seguro de que cada una de las dimensiones acá abordadas merecen una mayor reflexión y trabajo académico. Pero ante todo se requiere de la voluntad política de quienes han vuelto a esta un discurso. Es claro que va a ser incómodo que en un estado cooptado se traten de escuchar nuevas voces, pero es por ello por lo que se necesita mejor gestión y gobierno en la materia. También ayudaría mucho no tener que gastar tres horas de viaje de la casa al trabajo, pero eso será otra conversación. 

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