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      Las cosas que yo he aprendido durante mis 8 años como profesor en el Cider y que me llevaré conmigo siempre
Sergio Montero profesor asociado - Cider | Uniandes
Sergio Montero
profesor asociado del Cider de la Universidad de los Andes
s.montero@uniandes.edu.co
02/05/2023

Les compartimos las palabras que ofreció Sergio Montero durante la ceremonia de graduación de las especializaciones y maestrías del Cider. En su discurso, el profesor felicitó a las y los graduandos que dejan al Cider como estudiantes y anunció que también él partiría para asumir nuevos retos profesionales.  Les invitamos a leer su intervención.

“Buenas tardes a todas, a todos, a todes, a quienes se gradúan y a sus familiares. A mis colegas profesores y personal administrativo del Cider y de la Universidad de los Andes.

Quiero felicitar especialmente a las graduadas y graduados por haber alcanzado este importante hito en sus vidas y en sus carreras profesionales. Y a sus familiares, ya sea su familia lógica o biológica, por haberles apoyado durante este tiempo. Es un gran honor para mí estar hoy aquí en esta ceremonia de graduación porque también yo, como ustedes, dejo el Cider. En mi caso, para seguir un nuevo reto como profesor y director de un centro de investigación en la Universidad de Toronto que me llevará Canadá a partir de julio de este año. Por tanto, hoy me gustaría aprovechar esta breve charla para reflexionar y compartir con ustedes algunas de las cosas que yo he aprendido durante mis 8 años como profesor en el Cider y que me llevaré conmigo siempre.

Mi llegada al Cider fue en septiembre de 2015, con mi doctorado recién terminado en la Universidad de California en Berkeley y con una maleta cargada de ganas e ilusión de poder poner todo ese conocimiento acumulado en la práctica. En mi solicitud a profesor asistente al Cider me pidieron que elaborara dos programas de clases de posgrado que me gustaría impartir. Yo muy obediente los diseñé: uno era una clase sobre historia y teoría de la planeación urbana y regional; y otro sobre cómo pensar el desarrollo con un enfoque territorial. Después de haber estudiado 2 años de maestría y 5 años de doctorado, estaba muy emocionado con poder llevar mis conocimientos sobre planeación urbana y regional y sobre enfoques territoriales del desarrollo al Cider y a Colombia. Lo que no esperaba era los aprendizajes que yo iba a recibir de vuelta. Son muchos, pero en esta charla, me gustaría destacar tres.

En primer lugar, la interdisciplinariedad, ese término que se usa mucho, que es la “i” del Cider pero que no siempre tiene un significado claro. Lo típico -o tal vez lo básico- es definirla como una mezcla de disciplinas para aproximarse a explicar un problema. Y eso, sin duda, se da en el Cider. Tanto profesores como estudiantes vienen de disciplinas tan dispares como la antropología y la economía, la sociología y la ciencia política, las ciencias ambientales o la planificación urbana. Estos binarios, que en otros lugares parecerían ser insalvables o que acabarían enfrentados; ¿cómo se va a poner a dialogar a una antropóloga con un economista? Pues esto pasa y siempre ha pasado desde que yo llegué.

De hecho, en el Cider tenemos una de las pocas maestrías en planeación urbana y regional en América Latina que no está en una facultad de arquitectura sino en un centro interdisciplinario. Eso implica que en nuestra línea de planificación tengamos por ejemplo dos economistas, una antropóloga y un politólogo. Y nos llevamos bien. Y eso hace posible que tengamos a la maravillosa profesora Adriana Hurtado, una antropóloga, enseñando clases de instrumentos de planeación o de captura de valor o cómo hacer consultoría con entidades privadas. Esto no lo van a encontrar en otros centros.

La interdisciplinariedad nos pone en la situación de no tener una sola teoría, un enfoque o una tradición para explicar la realidad. Eso genera ansiedad e incertidumbre, pero también nos invita a abrazar la complejidad de los problemas y ser escépticos de las soluciones rápidas, de las políticas copy-paste o de los modelos de “buenas prácticas” que muchas veces nos ofrece el experto u organización internacional de turno.

La interdisciplinariedad se relaciona también con algo que siempre le he escuchado al profesor Andrés Hernández desde que llegué al Cider y es su defensa a ultranza no solo de la interdisciplinariedad sino también del pluralismo. Y aunque he de reconocer que a mí al principio eso del pluralismo me hacía mucho ruido porque lo interpretaba como una invitación a que cualquier opinión es válida, con el tiempo lo he aprendido a apreciar.

El pluralismo es un concepto central en las democracias modernas y se refiere, a grandes rasgos, a la existencia de múltiples puntos de vista, intereses y grupos en la sociedad. En una democracia pluralista, se espera que diferentes grupos y perspectivas dialoguen en un proceso de toma de decisiones para poder alcanzar compromisos que reflejen los intereses de la mayoría. Sin embargo, para lograrlo, es necesario también que se respeten los derechos fundamentales de todas las personas y, en particular, de las minorías, para evitar discriminación de acuerdo a origen, género, orientación sexual, raza o creencias. La discusión sobre el rol de la interdisciplinariedad y el pluralismo en los estudios del desarrollo también la puso sobre la mesa el profesor Gonzalo Vargas durante la fundación del Doctorado del Cider y también se la he escuchado al profesor Carlos Zorro desde una perspectiva ética de la docencia. Y he sido testigo de cómo a lo largo de los años esas discusiones plurales e interdisciplinarias han retado a nuestros estudiantes, y a nosotros mismos, a cuestionarnos las propias asunciones con las que llegábamos al Cider.

Pero más allá de la interdisciplinariedad y el pluralismo, hay algo que siempre me ha quedado sonando del Cider y es su carácter “crítico y propositivo”, estas dos palabras que escuché de manera conjunta al poco de llegar al centro. Poner esas dos palabras juntas suena bien pero tampoco es fácil de implementar en la práctica. Sin embargo, estoy convencido que es la clave de una buena educación, que es la que logra poner a dialogar la teoría y la práctica. Ser crítico no es criticar todo, sino más bien ser capaz de entender las relaciones de poder que hay detrás de cualquier decisión o proyecto, a quién beneficia, a quien perjudica. En otras palabras: es no aceptar pasivamente cualquier cosa que se nos diga y entender que la realidad es diferente según quién nos la cuenta y quien la experimenta.

Conozco muchos centros de investigación y programas de posgrado que enfatizan formar a estudiantes de manera crítica, pero también conozco cómo muchos de esos programas a menudo se quedan en una reflexión crítica que, si bien puede ser muy sofisticada teóricamente, se torna en una parálisis frente a la práctica o, peor aún, en un continuo sarcasmo. Algo que he visto en el Cider es que lo crítico puede y debe convivir con lo práctico. Y así tenemos estudiantes de maestría que han acabado profundizando en teoría haciendo doctorados en universidades de prestigio mundial y otras estudiantes que acaban siendo ediles, concejales, activistas, líderes comunitarias y hasta alcaldes. No sé si Diana Rojas está por aquí, pero ella se gradúa este año de la Maestría en Planeación Urbana y Regional y es actualmente aspirante a la alcaldía de Cali. Con ella hemos discutido en clases sobre teorías y práctica política. Eso es un lujo que se da en el Cider.

Un segundo aprendizaje clave que al menos yo me voy a llevar del Cider es cómo un enfoque territorial permea todas las discusiones en clase y en los programas: tanto sobre desarrollo, sobre planeación, sobre género o sobre sustentabilidad. Esa fue originalmente la R de Regional del Cider. Un enfoque territorial del desarrollo implica pensar desde, para y con el territorio. Dicen que la Universidad de los Andes ha estado tradicionalmente de frente a Monserrate y de espaldas al país. Esta nunca ha sido mi experiencia en el Cider. Mis colegas profesores han tenido proyectos de investigación y docencia en todo el país, desde el trabajo de Diana Gómez con comunidades indígenas y afro-colombianas en Nuquí y su apoyo a la organización colectiva en contra del proyecto del puerto del Tribugá, al trabajo de Jairo Santander, Javier García y Nathalia Franco en el Guaviare o el trabajo de Cecilia Roa en búsqueda de justicia ambiental y climática en las fronteras extractivas del país.

Mis estudiantes también han venido y se han interesado de temas que vienen de todas las esquinas del país. He dirigido y evaluado tesis sobre las desigualdades económicas del puerto Buenaventura, sobre planeación de ciudades amazónicas, sobre turismo étnico en Mocoa, sobre innovación y desarrollo local en Caldas, en Santander, en el Pacífico Colombiano, sobre liderazgos de artesanos de la filigrana en Mompox. Pero también he dirigido muchas tesis sobre Bogotá, porque Bogotá también es un territorio y también es una región. Y a lo que, ojalá haya contribuido en mi tiempo en el Cider, es a cuestionar ese centralismo recalcitrante que hay detrás de la expresión que les encanta decir a algunos funcionarios de gobierno en Bogotá: eso de que “van al territorio”. "Ir al territorio" no existe, siempre estamos parados en algún territorio, a no ser que estemos volando. Reconocer a Bogotá como territorio, urbano y urbano-rural, es el primer paso para dejar de pensar y mirar el país desde un podio, como si Bogotá estuviera arriba y todo lo demás abajo. Llévense del Cider que todos y todas vivimos en un territorio, y que es nuestra responsabilidad entenderlo como tal antes de proponer intervenirlo.

Finalmente, el tercer gran aprendizaje que me voy a llevar del Cider tiene que ver con la manera en la que cambia el mundo cuando uno lo piensa desde una perspectiva de género. Y esto lo he aprendido por dos lados: desde lo teórico y desde lo práctico.

Desde lo teórico, en el Cider he aprendido mucho, sobre todo de dos profesoras y un profesor que son hoy día referentes no solo a nivel nacional sino latinoamericano en los estudios de género y desarrollo: la profesora Diana Gómez, la profesora Diana Ojeda y el profesor Javier Pineda. De ellas y de él he aprendido la importancia de entender nuestra posicionalidad, de que nuestra experiencia del mundo y nuestro lugar en el mundo es diferente según los roles de género que nos asigna la sociedad. Pero también he aprendido que esa diferencia la podemos transformar en un potente reclamo por un mundo diferente, construido desde la diferencia y el cuidado, por un mundo donde quepan muchos mundos, donde todos, todas y todes podemos pertenecer. Y estos aprendizajes me llevaron a crear CiderX en 2020, el primer grupo de afinidad LGTBQ+ del Cider, donde hemos celebrado y visibilizado la diferencia, tanto de profesores como de estudiantes, donde nos hemos apoyado y escuchado en una sociedad que, aunque más abierta que antes, sigue siendo machista, homófoba y transfóbica. Y también hemos aprendido que al igual que los derechos aparecen en un momento histórico pueden desaparecer en otro momento si uno no los sigue reclamando.

Pero también me llevo grandes aprendizajes de por qué una perspectiva de género importa en la práctica y en el día a día. Y es que en los ochos años que he estado en el Cider y en la Universidad de los Andes ha habido grandes cambios. Hoy tenemos una rectora en la universidad, la primera mujer rectora en la historia de la Universidad de los Andes. En 2019, Nathalia Franco también se convirtió en la primera mujer directora del Cider. En casi 50 años de historia del Cider no había habido ninguna directora. 50 años. Y bajo el liderazgo de Nathalia, el Cider cambió, creció y se volvió más tolerante, más horizontal. Donde los indicadores de desempeño y la meritocracia se valoran, pero donde también se valoran los aspectos personales, las demandas de salud mental, la diversidad y el compromiso con el cambio social. Y quiero aprovechar este momento para agradecer a Nathalia su liderazgo y su esfuerzo por llevar el timón del Cider en este tiempo, sobre todo durante la pandemia, durante la virtualización forzosa que nos tocó hacer a todas y todos, profesores y estudiantes. Gracias Nathalia, de ti me llevo que otros tipos de liderazgos académicos son posibles.

Pero también quiero aprovechar para agradecer a otras dos mujeres que hacen que el Cider siga rodando y funcionando. Sin ellas, el Cider no sería posible: Esmith Carreño, la secretaría general del Cider, y Ana Yudy Morán, jefa de programas académicos. En mis casi ocho años en el Cider por supuesto hay más personas que agradecer y no tengo tiempo aquí de mencionar a todo el mundo, pero sí quiero mencionar a tres personas que también he visto crecer en mi tiempo en el Cider: a Roger Rossi, con quien he aprendido cómo comunicar y cómo crear comunidad en el Cider a través de las redes sociales; a José López y a Lisbeth Mendoza, que desde diferentes cargos han sido un apoyo clave en el funcionamiento del Cider. Y bueno un equipo cada vez más grande de personas que se han incorporado al Cider en los últimos años. Porque el Cider ha crecido y sigue creciendo.

Para mí, ese liderazgo femenino y esa perspectiva de género han logrado ampliar el enfoque interdisciplinario; crítico pero propositivo; y territorial del desarrollo por el que yo conocía al Cider. Y es por estas razones por las que hoy me siento orgullo de haber pertenecido y contribuido a este centro, a estos valores, a esta comunidad Cider que sigue creciendo y adaptándose a los nuevos tiempos. Una comunidad que con base a estos valores ha logrado también excelencia y reconocimiento internacional.

Y bueno sí les confieso que hay una cosa que no voy a extrañar del Cider y que seguramente ustedes tampoco: y son las clases de las 6:30 de la mañana. Si ustedes estaban medio dormidos, imagínense si hubieran sido el profesor. Sin embargo, trabajar en el Cider estos últimos 8 años ha sido un honor y volvería a levantarme a las 6:30 a.m. así sea los sábados para tener a estudiantes como ustedes en clase.

Quiero terminar este discurso felicitando de nuevo a quienes se gradúan hoy. Han alcanzado un logro muy importante en sus vidas y en sus carreras profesionales y estoy seguro de que están bien preparados y preparadas para enfrentar los desafíos que les esperan en el futuro. Les animo a reflexionar y aplicar los aprendizajes que han adquirido en el Cider en sus trabajos y proyectos futuros y a ser líderes y agentes de cambio en sus comunidades, en sus organizaciones, en sus empresas, en sus países y en sus mundos. Hay grandes desafíos sociales, económicos y ambientales que enfrentamos y que necesitan personas como ustedes. No se olviden del Cider. Yo no lo olvidaré. Pensemos en esto no como un adiós, sino como un hasta luego. O, más bien, como un “hasta siempre”. El Cider siempre será su casa, como también espero que sea la mía. Muchas gracias.

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